Millones
Trincherini
Nannelli
Vargas
Magris
Calabrese
Goguel

Las faldas de las señoras antiguas que cubrían sus cuerpos como si se hubieran echado encima una carpa de playa o una tienda de campaña estaban inconscientemente concebidas, no para proteger esos vientres, esos bustos, esas piernas femeninas de la curiosidad masculina, sino para incendiar la imaginación de los hombres y poblarla con la adivinación de todos los íntimos secretos, los recónditos tesoros que se ocultaban debajo de aquellos lisos, ondulantes, escuetos o ampulosos atuendos que establecían entre la hembra, de la cintura para abajo, y el varón, una frontiera inexpugnable. En el baile, el concerto, el salón, la ceremonia, asomaban los brazos y los hombros de la mujer y el comienzo del busto se dejaba entrever en los escotes más audaces. Pero el abajo femenino era el tabú y toda la moda vestuaria lo proclamaba sin excepciones: la cintura, las nalgas, el sexo, los muslos, las rodillas, los tobillos e incluso los pies de la mujer eran una intimidad sagrada que sòlo se ofrecìa al hombre en el tálamo nupcial o en los nerviosos adulterios. Esa vida secreta del abajo femenino debió de enloquecer de curiosidad y de deseo a muchas generaciones de varones, incitarlos en el ensueno a explorar aquellos laberintos pletóricos de sensualidad y a perderse en ellos como en un bosque mágico o en un túnel encantado.


Que yo sepa Lucy Jochamowitz es la primera artista que, inspirada en esa emblemática prenda del vestuario femenino tradicional, ha elaborado toda una mitología pictórica en torno de ella, en la que, a la destreza técnica, se anade una intuición poética delicada y audaz que, al mismo tiempo que deleita al espectador, estimula su fantasìa y su memoria. Sus faldas – sus cuadros, sus esculturas- son todo un mundo cargado de alusiones, de símbolos, como debieron serlo, para nuestros ancestros, esos suntuosos santuarios en los que se enfundaban para salir a la calle y lucirse, ocultándose, las mujeres de los tiempos idos. Sus faldas parecen bosques, cavernas, la envoltura de un mundo misterioso cargado de incitaciones materiales, espirituales y, a veces, incluso, una pizca de humor. Una pintura que sorprende, intriga y obliga a fantasear .En sus faldas anida un curioso universo en el que alternan manos y árboles, animales y cruces y palotes espectrales, toda una parafernalia que remite a un paraìso vegetal y a los dibujos animados de la infancia. Debajo de esas faldas, nos dicen las creaciones de Lucy Jochamowitz, bulle una vida intensa, multiforme, que confunde lo material y lo espiritual, de libertad y fantasìa, que pugna por romper su cárcel e irrumpir en la vida de los otros.


La más espectacular de esas faldas de Lucy Jochamowitz rinde homenaje a Flora Tristán, feminista y luchadora social franco peruana de quien se acaba de celebrar el segundo centenario de su nacimiento, en 1803. Antes que Flora Tristán hubo otras personas, hombres y mujeres, que en distintos paìses europeos denunciaron la discriminación y los abusos de que eran víctimas las mujeres; pero Flora Tristán fue la primera en pasar de la denuncia teórica a la acción política a fin de luchar de manera concreta contra la que le parecìa la peor de las injusticias sociales. Su vida fue muy corta e intensa – murió a los 41 anos – pero la semilla que sembró ha ido creciendo y floreciendo como esas hermosísimas faldas de Lucy Jochamowitz que elevan a las mujeres que cubren por encima de los seres del común y hacen de ellas gigantes, heroínas. Flora Tristán lo fue y es justo que se le recuerde con la gratitud y admiración con que ha inspirado a una artista tan original y creativa como Lucy Jochamowitz.



Mario Vargas Llosa